Pilar Sanabria (Córdoba, 1963) es una poeta singular, con un peculiar instinto, con un estilo propio de entender la poesía. Entre sus versos, entre los versos de este libro, discurren poemas que evocan la infancia, las imágenes familiares que van nutriendo de sonrisas y lágrimas el álbum de la vida. Pero también, como reflejo del pulso social y de la realidad que afronta cada día desde los micrófonos de Onda Cero Córdoba, el drama de la tragedia neoyorquina va labrando diferentes escenas y personajes de ese caledoscopio de traumas comunes y particulares. La poesía de Pilar (en palabras de Manuel Gahete que también hago mías) "penetra en la oscuridad de los misterios para buscar la luz, la ciencia que se oculta en la más nebulosa de las interrogantes". Porque la poesía de Pilar Sanabria, pese a todas las tormentas interiores que atraviesa (todos somos hijos de una eterna tormenta) siempre nos ofrece luz, esperanza, alegría, al final del túnel. Y el amor, como un Guadiana presente y presentido, fluye en su poesía a borbotones. Un amor necesitado de decirse, de airearse, fuera de toda atadura o de la insana razón de los secretos. Es una poesía sin concesiones, que involucra al lector desde el primer verso, que lo hace partícipe de esos mundos interiores donde la vida traza sus líneas torcidas y necesarias. Es un libro, una poesía, donde lo lejano se evoca próximo, donde la memoria eleva el don de la palabra. En definitiva, la cercana lejanía es la voz de todos los que, llegados a una cierta edad, tenemos tanto camino andado como camino nos queda por delante.

De este libro os propongo un hermoso poema evocador de la infancia, un poema dedicado a su madre, HILO PARA LA MADEJA:

En el principio

fue tu voluntad mi arena,

horadó tu sangre

el golpe de ceniza

que decoraba el relieve de mi cuerpo.

Ganaste esa remota materia

que me llevó hasta deshabitada.

Y en Febrero un espejo de humedad

abrió tu vientre

que se arropó de infinito.

Quedó tu isla consumada

por una asoladora transparencia.

Me lloviste de gestos,

me adensaste un reino de amor

y en mi infancia de espuma

revelaste sonrisas yacentes

de cuentos sin bruja.

Penetraste tu aleteo en mi savia

cultivando hadas dormidas en mis venas.

Te debo, madre, ese caudal de semilla

y ese pan de fulgor de tu alegría.

Me rezumaste de cumbres,

emergiste para mí mares de templanza,

mansas manos como milagros de lumbre.

Hoy la ceremonia del tiempo asedia tus sienes

esperando el regreso de tu niña,

hilas en la rueca de mi vida

pero no sabes que yo tengo tu forma,

tu vestido de amor de torrencial eternidad.

No me esperes en este ocaso

que tu barro y el mío se cocieron al mismo sol.

(Pilar Sanabria, La cercana lejanía, Librería Séneca Ediciones, Córdoba 2003)