LETRAS DE TIERRA, de Amaya Blanco García
Hace unos días leí un libro de poesía de una joven poeta malagueña, Amaya Blanco García. El libro se titula Letras de tierra y fue galardonado con el IX Premio de poesía "El Ermitaño" de la tertulia del midmo nombre en la ciudad de El Puerto de Santamaría. El libro viene precedido por un liminar de Jorge de Arco.
Sorprende, pues este es el primer libro publicado por Amaya, la madurez de su voz y el dominio con el que traza el devenir del poema. No sólo existe la voluntad de ser poeta; se percibe que hay una gran poeta en el entramado de los poemas, en el lenguaje, en la técnica, en la simbología...
Dividido en tres partes: "Tierra habitada", "Tierra encendida" y "Tierra entregada" el libro ofrece una innegable unidad formal en el hilo conductor de los poemas. Como muy bien expresa el título, esas letras de tierra son la clave en la fusión entre el hombre y la naturaleza. Son muchos los elementos minerales, animales, vegetales y telúricos que van apareciendo en el libro y que van dando forma y razón de ser a los sentimientos expresados y al diálogo que la autora mantiene con su propio devenir y con el lector.
Una característica de este libro, y una seña de identidad de Amaya Blanco García, es esa calidad para fusionar los elementos de la naturaleza en el devenir del poema y que el poema suene fresco, actual, integrado al ritmo vital y social en el que ha sido escrito. Un libro donde el amor, un amor que va desde el más próximo, cercano, de amante y amada, hacia un amor globalizado, solidario, sin fronteras. Son poemas de una joven poeta con ansias de volar a través de las palabras, con las ideas muy claras y los pies afirmados en la tierra que ama y en la tierra que pisa.
No arriesgo nada si digo que estamos ante una joven poeta con un gran camino por delante. Su primer poemario, Letras de tierra, es una brillante carta de presentación. Como muestra de su poesía os dejo aquí el poema titulado Levante:
LEVANTE
Sólo tus manos son para el desorden,
viento que entra en mi casa sin permiso,
deshoja libros
como abanicos tristes
y borra las palabras aprendidas.
Tiende emboscadas en los tragaluces,
golpea los espejos interiores,
tira los avisperos, vuela las hojas muertas,
desata la calima
que nubla la visión y los sentidos.
Me rompe los contornos
de mi mísma y me esparzo
en un cielo infinito.
No me da ni un respiro para buscar las piezas.
De nuevo irrumpe,
vuelca las lámparas,
incendia las cortinas,
borra los márgenes de la decencia.
Trae las nubes alborotadoras,
el epicentro fiel de los delirios,
amaina,
embiste,
ata, silba, enfurece.
No sabe controlar su intensidad.
Tan sólo echa por tierra,
con la fuerza de un vórtice magnético,
el orden imperfecto de mis años.
(Amaya Blanco, García, Letras de tierra, Colección "El Ermitaño", El Puerto de Santa María, 2009)