¿QUÉ PUEDE LA POESÍA?

El pasado martes, en la misma librería donde descubrí el libro dedicado por mi amigo, encontré un libro titulado ¿Qué puede la poesía? publicado por Bassarai en el año 2002. Con título tan atrayente no tuve más remedio que cogerlo, abrirlo por diferentes páginas, leer algunos fragmentos y, finalmente, pagarlo y llevármelo a casa. El libro reúne las ponencias de un encuentro literario franco-español que tuvo lugar en Bilbao la primavera del año 2001. ¿Qué puede la poesía? recoge tres intensos días hablando de poesía y escuchando a los poetas recitar sus versos. Y la nómina, desde luego, es impresionante. Por parte española: José Hierro, Felipe Juaristi y César Antonio Molina. Por la francesa: Jean-Michel Maulpoix, Christina Prigent y Jean Ristat.
De lo que he leído hasta ahora, destacaría el comienzo de la ponencia de José (Pepe, como le llamaban todos) Hierro. Para mí, sin ninguna duda, es un fragmento deslumbrante, y revelador:
"Ignoro totalmente qué es poesía. La ofateo, donde creo que está, y disfruto apasionadamente de ella. Como creador, aunque no sepa definirla, sé para qué me sirve: para decir (intentar) lo que no se puede decir. Es el humo resultante de la quema de un cuerpo que no recordamos qué era. Tarea de locos ésta de empeñarse en modelar el humo, en articular palabras que digan más de lo que dicen, que informen (via lógica) y persuadan, contagien, seduzcan (vía mágica). El poeta apunta, pero nunca sabe si dio en el blanco. Ni siquiera está seguro de dónde estaba la diana."
La ponencia sigue pero creo que, como apunte, este fragmento inicial da una idea de la grandeza del texto y de la humildad del genio.
¿Qué puede la poesía? Es una pregunta de difícil y larga respuesta. Sería más sencillo preguntar, y responder,: ¿Qué no puede la poesía?

Rosana dijo
LA POESIA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades:
Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quienes somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: Poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: Lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.
GABRIEL CELAYA
16 Octubre 2009 | 01:26 AM